Paseante en el viaje, viajero en el paseo.
Con ojos abiertos se emprende el camino y los pasos se calzan con el fino velo de la ensoñación.
Tu mirada particular como compañia: amplía esta senda con tus comentarios.
A las 8:30 de la tarde, con 39ºC, comenzó la manifestación contra los bestiales recortes del Estado del bienestar. A pesar del calor, más de 25.000 personas salieron a la calle en Córdoba. Pasearon, sin el ambiente festivo de otras veces, con rostros serios y gestos de preocupación. El recorrido, demasiado corto: desde la Glorieta de las Tres Culturas hasta la Subdelegación del Gobierno. Recorrido ancho y casi rectilíneo, bordeando los jardines de las grandes avenidas, en donde hay pocas viviendas. Daba la impresión de que -a pesar del amplio, céntrico y bonito escenario- se estaba haciendo una manifestación por la puerta de atrás, por un callejón solitario, alejado de las miradas del resto de cordobeses que no acudieron. ?????????? Quién diseñó el recorrido, nos preguntábamos algunos. En cualquier caso, fue un éxito de la ciudadanía, que parece comienza a tener conciencia de la situación. Trabajadores de todos los sectores, docentes, sanitarios, bomberos, parados, jubilados, estudiantes, ancianos, niños... Familias al completo.... Podían verse caras conocidas, como Rosa Aguilar y el antiguo rector de la Universidad, sin encabezar pancartas sino confundidos entre los miles de asistentes. Cuando la cabecera de la manifestación llegó al punto final, aún había personas en el inicio del recorrido. Lo mejor del trayecto: la Avenida de Vallellano quedó convertida en una inmensa plaza, donde se procedió a una apasionada lectura (con una excelente megafonía) de las reivindicaciones por parte de los organizadores de la marcha. En silencio, los asistentes escuchaban y aplaudían. Los aplausos se acrecentaron cuando se llamó a una Huelga General para septiembre, si el gobierno de Rajoy no da marcha atrás en las brutales medidas. También, cuando se le exigió al gobierno de la Junta de Andalucía que no siga los dictados del gobierno central sino que proceda en un acto de rebeldía coherente y justa. El himno de Andalucía y Santa Bárbara (en solidaridad con los mineros del norte) fueron coreados por todos. Sobre las 10:30 concluyó la manifestación. Noche ya, hacía un poquito más de fresco, 38 grados; sólo había bajado uno desde la salida.
(Vídeo realizado con la fotos que tomé durante la manifestación):
Días anteriores al concierto de Serrat y Sabina, paseando por la ciudad, tuve un sobresalto inesperado (bueno, como lo son todos); tras una esquina que abría el ensanche a una plaza quedé parada de cuajo al encontrarme con estos dos pájaros que contraatacan. Al parón ocasionado por la sorpresa inicial -tal vez, décimas de segundo- siguió un primer segundo de duda: ¿Qué hacer? ¿Petición de autógrafos? (¡uf!, no, descartada) ¿Seguir adelante, pues, como si tal cosa, como si esos pajarracos (de buen agüero) no estuvieran allí? ¿Poner cara de póquer? ¿De lela? ¿Ir hacia ellos? ¿Cruzarme de acera? ¿Decirles buenos días? ¿Sonreír levemente o con amplitud, ensanchando labios hasta mostrar los dientes? ¿Volver la cara hacia un insulso escaparate como si fuera la cueva del tesoro o fingir, mientras ando, que busco, por ejemplo, un mechero perdido en el bolso? Gran dilema. Cuando terminó este primer segundo de duda, entré en el siguiente con la resolución de no apartar mis pasos, de dirigirme hacia ellos y saludarlos (al fin y al cabo, son más allegados que algunos familiares; no en vano me sé de pe a pa su discografía). Pero la resolución tomada no vino sola, vino acompañada de nuevas dudas: Cuando llegue junto a ellos... ¿Qué hago...? ¿Qué les digo...? ¿Les tiendo la mano? ¿Planto un beso en sus mejillas (o sea, dos, uno por cabeza) o un par (es decir, cuatro, dos por menda)? ¿O me dejo de saludos cariñosos y severamente les regaño por el desatino que cometen poniendo en jaque su salud al venir días antes del concierto a una ciudad con temperaturas de desierto? ¿O les alabo el gusto, por el contrario, y me ofrezco de cicerone para mostrarles recovecos perdidos entre laberintos de frescas callejas (abanico en mano, claro)? Pero.... sobre todo... sobre todo... y ante todo...la gran duda que me corroía era la siguiente: ¿En primer lugar, a quién de ellos me dirijo? ¿En qué rostro y ojos detengo, en ese futuro segundo, tan cercano, los míos? Aunque me gustan mucho los dos, en fin, siempre hay alguien que tira más... ¿Me dirijo a ese o al otro? ¿O, tal vez, pueda hablar a uno (hola fulanito... hombre... qué sorpresa...) mientras miro al otro? ¡Ojú!, qué lío. El tercer segundo transcurrió en blanco, y en blanco continúa, no lo recuerdo aunque lo intente, sólo veo neblina de tiempo ausente. No sé qué pasaría por mi cabeza, pero, el caso, es que inicié el cuarto diciéndome: ¿Pero a estos dos pájaros qué les pasa? ¿Están tontitos, o son estrafalarios (como dice mi madre)? ¿Acaso, no saben salirse de su propia novela (esto lo digo yo)? ¿Cómo pueden pasearse por ahí, con traje, corbata, sombrero y bombín? Y transcurrido el cuarto, en el quinto segundo, tras el shock de la vestimenta, todos mis interrogantes se desvanecieron; me di media vuelta, ya no me apetecía saludarlos, no sé si sentía rabia o pena. Pero la cosa no quedó ahí, volví a encontrarlos al cabo de una hora en mitad de una calle cercana, al día siguiente en una avenida y en el de más acá camino del super. Y siempre de la misma guisa, con el mismo atuendo negro, y lo peor de todo, lo que me encogía el corazón (pobrecillos) era que no hacían nada para resguardarse, invariablemente siempre, siempre, estaban al sol. Estuve tentada de conectarme a Internet para revender mis entradas (y, si era preciso, a precio de saldo, con los descuentos de la temporada). Se resquebrajaban los mitos, se me hacía insufrible encontrarlos hasta en la sopa. Tal vez, (llegué a pensar, como disculpa) quisieran hacerle competencia al santo, a San Rafael... Sí, puede que quisieran convertirse en custodios de esta urbe, como él... (Cómo me gustan... qué originales... si es que son únicos...) La verdad, pensándolo bien... no estaría nada mal, ver cada día, a lo largo de las estaciones, en mitad del Puente Romano y en lo más alto de la Torre de la Mezquita a Sabina y a Serrat.
No revendí ni regalé las entradas, fui al concierto, y un nuevo sobresalto de mí se apoderó. Dios...!!! puede que de verdad tengan una veta divina y obren milagros... Allí estaban... deambulando por el escenario y... al mismo tiempo, en el graderío y junto a la puerta del teatro... Apreté los ojos todo lo que pude, los abrí, volví a repetir la operación, y al fin, decidí no aplazar más la visita al oftalmólogo que me permitiera distinguir al artista del cartel (eso sí, y lo digo en mi descargo: cartel a tamaño natural). Pero lo peor de todo no fueron mis lapsus visuales (por lo que más quieras -qué vergüenza-, no los cuentes, que no se entere nadie...), sino las grandes expectativas e ilusiones rotas: a partir de entonces ya sería del todo irremediable, no nos quedaría otra que continuar, por los siglos de los siglos (sin amen), en los paseos y caminatas por Cordobita la Llana, mirando a, siendo observados desde las atalayas por, y lo realmente desesperante: encontrando en todas las fotografías, como un fantasma (o como ese niño graciosillo), colado, sin permiso, al omnipresente y alado Custodio y Santo.
Como acabo de decir (tomando, quizás, un atajo demasiado largo), los carteles anunciando el concierto fueron colocados varios días antes en los lugares más estratégicos de la ciudad, directamente sobre el suelo. Era evidente que la venta de entradas anticipadas no era la esperada por la organización. Por todos -incluída yo- se criticaba el que parecía un alto precio (50 € con antelación; 55 en taquilla). "Bueno... son dos los que actúan... estarán tiempo sobre el escenario...", se decía o pensaba como disculpa. Más tarde, ya en el concierto, al darse uno cuenta del montaje (músicos, escenario, cámaras, creaciones artísticas de imágenes, recursos materiales y humanos necesarios en la gira...) no parecía un precio demasiado elevado. El concierto no fue en el campo de fútbol ni en la plaza de toros, con más capacidad (tal vez, habría ido más gente a un precio más bajo), sino en el Teatro al aire libre de la Axerquía, teatro que terminó por llenarse, a excepción del graderío superior (como en la mayoría de los mejores conciertos que allí se dan). Sabina, en primer lugar, y emocionado, agradeció al público la asistencia, a pesar del calor y de la crisis. Por desgracia, la crisis invade y pisotea todos los lugares y ambientes, pero, al menos, respecto al calor se equivocó (tal vez el traje y los focos); esa noche fue una noche de brisa fresca (ah... y la luna que asistió -gratis- no era tísica, sino una hermosa luna llena encaramada sobre los cipreses de un teatro por el que siento debilidad).
Y el concierto, genial. Casi tres horas de luz, marcha, poesía, imágenes y mucho sentido del humor, por parte de ambos. Tres horas que se hicieron cortas, que pasaron en un abrir y cerrar de ojos, que supieron a poco, a muy poco, y que hicieron que antes de pisar la calle estuviéramos deseando encontrar nuevos carteles que anunciaran que estos pájaros son incombustibles. Ojalá, como dijo uno de ellos, estén pronto de vuelta.
Los Conciertos, Cursos y Actividades Paralelas de la 32 Edición del Festival de la Guitarra de Córdoba, tendrán lugar este año del 3 al 14 de julio.
Más abajo, se incluye información sobre los diversos apartados; también, enlaces de interés.
Saboreemos primero un par de degustaciones para ir abriendo boca:
Serrat & Sabina
(5 de Julio 22,30)
"Hoy Por ti, Mañana Por Mi"
(La orquesta del Titanic)
Jethro Tull
(14 de julio 23,30)
Thick As A Brich, Parte 1.1
INFORMACIÓN Y ENLACES:
CONCIERTOS
En el apartado de Flamenco tendremos a Miguel Poveda, La Compañía de Mercedes Ruiz, José Antonio Rodríguez, el Ballet Flamenco de Andalucía y Niño Pura.
En el apartado deJazz, Blues y Rocknos visitarán John Scofield; Kurt Elling & Charlie Hunter; Robben Ford,
Michael Landau, Jimmy Haslip y Gary Novax; el grupo Saratoga; Fawzi
Chekili Quartet y, como guinda que dará fin al festival, los Jethro Tull.
En Otras Músicaslos conciertos programados son los de Luis Delgado; Joaquín Sabina y Joan Manuel Serrat; Pitingo; Luar na Lubre y Amaral.
Por último, en Música Clásica podremos escuchar los conciertos de La Orquesta de Córdoba; Ariel Abramovich; Pedro Izquierdo; Ricardo
Gallén; la Joven Filarmónica 'Leo Brower'; el Dúo Amma & Alejandro
Amores; Mircea Gongocea; Eliot Fisk; al Dúo Assad; a Manuel Barrueco;
Egberto Gismonti y a los Hermanos Cuenca.
Los escenarios: El Teatro de la Axerquía, El Gran Teatro y El Teatro Góngora.
Jaén no es sólo la provincia con mayor producción de aceite de oliva del mundo. Jaén es mucho más; es un auténtico paraíso interior con la mayor extensión de Parques Naturales de España, con dos ciudades Patrimonio de la Humanidad y con muchísimas más cosas, algunas de la cuales pueden verse en el siguiente vídeo promocional realizado por la Diputación de Jaén.
Uno de los encantos de la provincia de Jaén son los pueblos pequeños y pintorescos, desde donde se aprecian las hermosas cumbres de la sierra:
La Puerta de Segura (Parque Natural de Cazorla, Segura y las Villas):
Monte El Yelmo (desde la Puerta de Segura):
Monte La Buitrera (La Puerta de Segura):
Y las ciudades monumentales, Patrimonio de la Humanidad, cumbres del Renacimiento español. Algunas imágenes de Úbeda:
El siguiente vídeo es mi particular homenaje a dos artistas andaluces. Un andaluz de Jaén
(Úbeda), músico: Sabina, cómo no. Y un pintor cordobés, J. Romero de
Torres.
Primer aniversario de la inauguración de este blog. Y qué mejor modo de celebrarlo que recogiendo en una entrada un vídeo con algunos detalles de los patios que por estas fechas se encuentran abiertos al público, patios que igualmente fueron motivo de una de las primeras entradas en mayo del pasado año. Paseos que, aunque se repitan a través del tiempo, aportan las mismas sensaciones de sorpresa que la primera vez, logrando que los sentidos se abran y el alma se sosiegue ante la belleza de esos rincones apacibles, serenos, refugios escondidos tras las puertas de los muros blancos de esta extraordinaria ciudad.
Siempre, un zaguán antecede al patio, pero en ocasiones son más de una las puertas que hay que atravesar hasta llegar al jardín interior:fresco de exuberantes y verdes hojas, sonoro de agua, perfumado de flores... En el caso de la imagen son cuatro las puertas: la de la calle que da acceso al primer zaguán (a la espalda), la segunda que lleva a un pequeño patio, la tercera a un segundo zaguán y por fin una cuarta que se abre al recóndito vergel. Es como si necesitaras un camino de peregrinaje, un camino en el que prepararte antes de sumergirte en las profundidades de un mundo privado, ajeno, cuajado de sensaciones, al que se te permite acceder durante un puñado de días del mes de mayo.
Los patios cordobeses son variados: desde el patio palaciego, pasando por los más o menos señoriales, hasta el humilde patio de vecinos. Patios porticados los primeros; en sus cuatro lados, tres, dos o uno. Patios laberínticos los últimos, con rincones de uso común como antiguas cocinas o lavaderos, y, a veces, con una estructura de callejas interiores desde donde se accede a las viviendas de los vecinos, de planta baja. Desde los porticados, cuadrados generalmente, se distribuyen las estancias de la gran casa. Sobre ellos, en la primera planta se alzan los corredores, abiertos o cerrados, y/o terrazas que suelen ser una prolongación del patio, otro jardín en las alturas... Pueden verse pilas árabes, pozos y, en algunos, columnas y capiteles sustraídos hace -más o menos siglos- de las ruinas de Medina Azahara... Las categorías para los premios son dos: arquitectura antigua y arquitectura moderna o renovada; cada una con tres premios y seis accésit. Difícil lo tiene el jurado.
A continuación un vídeo realizado con fotos tomadas hace unos días: Patios de Córdoba, Detalles. Con música de Luis Pastor y Bebe:
El concurso de Patios comenzó a celebrarse en 1933 (aunque parece que en los años veinte hubo algún antecedente), estando en aquellos primeros años asociado a la Feria cordobesa. La cuantía de los premios era elevada para la época. El cártel de aquella lejana edición:
Enlace a la entrada del 17 de mayo del pasado año sobre los patios cordobeses:
Incluyo aquí un magnífico vídeo sobre la ciudad de Córdoba (y algunos lugares de la provincia), dirigido por el internacionalmente reconocido y premiado Hervé Tirmarché, realizado por la empresa ECCO y coproducido por el Consorcio de Turismo de Córdoba, La fundación Córdoba Ciudad Cultural y el Patronato Provincial de Turismo de Córdoba. En él han participado desinteresadamente artistas cordobeses o que viven en Córdoba, entre ellos Vicente Amigo, El Pele, La Orquesta Sinfónica de Córdoba...
Si alguién aún no está enamorado de esta ciudad, cuando concluya la visualización de la película, sin duda, lo estará.
Supongo que realizar una composición fotográfica como la de la entrada anterior y las composiciones que forman parte del vídeo que he montado para esta otra, no son más que terapias que me autoimpongo (píldoras de autoconvencimiento) en un intento por teñir de verde esperanza mi mirada.
Son muchos los paseos a pie que pueden darse por los Acantilados y las calas de Maro-Cerro Gordo, la mayoría con vistas espectaculares. Pero hay un paseo que en vez de ampliar el horizonte lo recoge, un paseo íntimo que te va engullendo en las entrañas de esta tierra y que termina por premiarte regalándote la visión de una pequeña cala de cantos rodados, escondida, recóndita, alejada de las miradas de altura, una isla secreta a la que llegan los náufragos no desde alta mar sino desde el interior de la espesura. Un extraordinario y sorprendente paseo por el Barranco y la Cala del Barranco de Maro.
Al principio del camino te topas con un acueducto del siglo XIX, el acueducto del Águila, construido para llevar agua al Ingenio (antigua fábrica de azúcar) de Maro, pequeña y bonita población situada junto a la Cueva de Nerja y que forma parte del municipio. Ya la imagen del acueducto te impacta. Una imagen un tanto surrealista; surrealista por la situación y por la pintura que recuerda a la mezquita de Córdoba. Es como si el acueducto estuviera fuera de lugar, como si no hubiera sido construido por la mano del hombre en largas y fatigosas jornadas de trabajo, sino dejado caer de golpe por la mano gigantesca y caprichosa de algún dios, entero, tal cual, encajándose en el barranco.
Dejas atrás el acueducto, continuando por un sendero amplio, que va estrechándose. Al poco el paseante queda solo con las paredes del barranco y con la espesura. Apretado y enmarañado bosque de frutos tropicales y cañaverales abovedados que te envuelven, que refrescan el sudor de tus pasos y que los conducen a un pequeño sendero que termina por convertirse en cauce de un arroyo de agua clara. Caminas chapoteando por él o esquivándolo hasta que el telón de cañas y palmas al fin se entreabre (cuando ya no lo esperas, cuando crees que ese camino que llevas no tiene fin, cuando estás convencido que no conduce a ningún lugar sino que es el propio camino tu destino), se entreabre al fin para mostrarte la pequeña y solitaria cala. Toda una sorpresa.
En el trayecto te habías sentido como Tom Sawyer y Huckleberry Finn explorando las riberas y las islas del Misisipi. Cuando llegas a la cala te sientes directamente Robinson Crusoe, y al rato crees ser el Jim de Stevenson, el muchacho de su Isla del Tesoro, para terminar delirando durante unos segundos creyendo que aquella debe ser sin duda la Isla Misteriosa de Julio Verne.
Y, tanto durante el trayecto como en la pequeña cala, el paseante, o los paseantes, no se siente, no se sienten solos. Percibes compañías invisibles. Pasas junto a sus huellas, recientes. Te sientes observado. Entre la hojarasca y las rocas hay sin duda pares de ojos que no ves. No sabes bien si se tratará de los espectros o fantasmas de nuestros antepasados prehistóricos que habitaron aquellos barrancos y la cueva cercana y que se resisten a abandonar parajes tan bellos, o, por el contrario, serán más bien habitantes coetáneos a ti, habitantes o náufragos de este siglo XXI que quieren parecerse a aquellos tatarabuelos lejanos y olvidarse para siempre del mundanal ruido y del asfalto.
Plano del paseo:
Algunos datos de la zona:
La Zona Especialmente Protegida de Importancia para el Mediterráneo (ZEPIM) de los Acantilados de Maro-Cerro Gordo ocupa una estrecha franja de 12 km. de largo, paralela a la línea de costa, que limita al norte con la N-340 y que se adentra una milla en el Mar de Alborán. El Paraje Natural pertenece al más amplio espacio del Parque Natural de las Sierras de Tejeda, Almijara y Alhama, formado por algunos municipios de la Axarquía malagueña y otros de la provincia de Granada. En esta franja costera las estribaciones de la Sierra de Almijara se hunden en el mar formando abruptos acantilados y bellas calas, a la mayoría de las cuales sólo puede accederse a pie, motivo por el que se mantienen intactas y con aguas transparentes. Cinco torres almenaras se elevan estratégicamente sobre los acantilados. Los municipios a los que pertenece este paraje son Nerja (Málaga) y Almuñecar (Granada).
La llegada a la zona de Interlaken se produjo en un día de julio increíblemente hermoso, azul intenso como los lagos, verde profundo y luminoso como los pastos y las montañas.
El mayor encanto de la ciudad de Interlaken es el entorno en el que está situada. Como su nombre indica, Interlaken (entre lagos), se encuentra entre dos grandes lagos, el Thun y el Brienz. En las riberas de ambos se salpican pueblos y aldeas, e Interlaken justo en el centro, atravesada por el río Aare que comunica los lagos. Dando cobijo a este panorama las majestuosas e imponentes montañas alpinas de esta zona de Suiza: el Oberland Bernés.
El siguiente día amaneció grisáceo, hermoso igualmente para las visitas proyectadas: la escalada por el valle del río Lüstchine, que kilómetros arriba se divide en dos brazos. Una vez en el cruce continuamos dirección Lauterbrunnen, llegando a nuestro destino, el Valle de las Cascadas.
Cercanas a la población se encuentran, en primer lugar, las Cascadas de Staubbach, cuyas aguas se precipitan por una pared de 300 m. Todo un paredón de roca por el que caen, a lo largo de un buen trayecto, diversas cascadas.
Algo más arriba se encuentran los Saltos oCascadas del Trümmelbach, que no son visibles desde el exterior: literalmente hay que entrar al interior de la montaña, a la profunda garganta provocada por la erosión de las aguas, para ver la caída de los cinco saltos. Se llega a ellos a través de un ascensor de cremallera que te eleva por el interior de la montaña.
A partir de ahí, con impermeables e intentando proteger las cámaras del agua, se continúa a pie por las escaleras y corredores excavados en la roca. De vez en cuando hay barandillas de protección y miradores desde donde contemplar la feroz caída de las aguas, aguas del deshielo de las nieves del Jungfrau y otras montañas. El agua se precipita y cae en grandes hoyas, para continuar su descenso en nuevas caídas. La velocidad y el rugido del agua son imponentes. También la densidad, 20 metros cúbicos por segundo.
Puedo asegurar que ni las fotografías ni aun los vídeos tomados con sonido, reproducen ni en una mínima parte el espectáculo y la impresión que causan estos saltos de agua en el interior de la montaña. Tampoco lo imaginado con anterioridad a la visita se acercaba, ni por asomo, a lo percibido por los sentidos ante este espectáculo de la naturaleza. Este lugar no es un lugar para contarlo, ni para mostrarlo, es, más que otros, un lugar para vivirlo.
Salimos desde el interior de la montaña a la luz del día, empapados, silenciosos, con cierta dificultad a la hora de articular lo que no fueran monosílabos, tal vez, sintiendo que algo de nosotros mismos había sido arrastrado por el ímpetu salvaje de la aguas, era como si el sonido ensordecedor y el galope frenético del agua nos hubiera lavado, o nos hubiera mostrado, en las mismas entrañas de la tierra, nuestra pequeñez y lo absurdo de nuestros desvaríos.
Cuando te aproximas a un lugar con el que sueñas desde el día en que abriste un libro y viste su primera imagen vas con la respiración contenida, con cierto temor, temor a que te defraude y a la posterior sensación de vacío y desasosiego que deja el sueño frustrado o el sueño ilusorio.
Con Annecy no sucedió, al contrario, superó con creces las expectativas imaginadas.
La mires por donde la mires, Annecy no tiene desperdicio: un lago bajo el telón de los Alpes (Pre-Alpes), románticos canales en el río Thiou, y un casco viejo en torno al Palacio de l´Isle, que como la proa de un barco divide uno de los canales, dando la impresión y la apariencia de una pequeña Venecia. Edificios de los siglos XII a XVI. Coronando el conjunto, el castillo de los condes de Genevois-Nemours, ligados a la casa de Saboya.
Annecy, bellísima conjunción de naturaleza y huella humana.
Annecy pertenece al Departamento de Ródano-Alpes y es capital de la Alta Saboya.
Una ruta muy hermosa y entrañable la realizada por un grupo de amigos este mes de julio. Entraron a Portugal por El Algarve, lo recorrieron y, después, siguiendo la costa, tomaron dirección norte, hacia Galicia, para concluir en las Islas Cíes, frente a Vigo. Destino éste que se habían propuesto tan valioso como los diversos puntos del viaje.
De Portugal, conozco Lisboa y Sintra, las recorrí a fondo hace unos años. Al Algarve sólo pude hacer una visita rápida y superficial. Tomo nota y memorizo este viaje, esta ruta, como una asignatura pendiente, asignatura dulce como la tierra y la lengua portuguesas.
Mientras tanto -y una vez más haciendo uso de pasos ajenos- me consuelo en la espera montando este vídeo con algunas de las imágenes que los jóvenes viajeros tomaron.
Williams Shakespeare (1564-1616) nació en Stratford-upon-Avon, una pequeña ciudad que aún conserva su imagen medieval.
Su padre, alcalde de Stratford, fue promotor de empresas teatrales ambulantes. William, desde niño, probablemente se sintió atraído por el teatro; existen referencias sobre su temprana carrera como actor, que terminaría formándolo y haciendo que naciera en él el deseo o la necesidad de escribir, coincidiendo con la llamada de la reina Isabel I, que buscaba nuevos talentos que pudieran competir con los autores españoles.
Pero pasado más de un siglo desde la muerte de Shakespeare comenzaron a surgir dudas sobre la autoría de sus obras, e incluso sobre la existencia del dramaturgo. Los críticos se dividieron en "stratfordianos", partidarios de que el William Shakespeare nacido y fallecido en Stratford era el autor de las obras, y "anti-stratfordianos" que atribuían sus obras a otro autor. Estos últimos han defendido que William Shakespeare era un alias tras el que podían esconderse nombres como Christopher Marlowe, Francis Bacon o Edward de Vere. Bacon ha sido el aspirante preferido, existiendo una teoría que defiende que el nombre de Shakespeare sería un nombre con claves masónicas, inventado por Bacon. En la actualidad los anti-stratfordianos constituyen una minoría, aunque los actores Derek Jacovi y Mark Rylance han divulgado la llamada "Declaración de Duda Razonable" sobre la identidad del escritor.
The World Book Encyclopedia señala como origen de las dudas: “la negativa a creer que un actor de Stratford-upon-Avon hubiese podido escribir tales obras. Su origen rural no cuadraba con la imagen que tenían del genial autor”. La enciclopedia añade que la mayoría de los escritores, “pertenecían a la nobleza o a otro estamento privilegiado”. Los que dudan sobre la paternidad literaria de Shakespeare creen que “solo pudo haber escrito las obras un autor instruido, refinado y de clase alta”.
Se sabe que Shakespeare no accedió a una formación universitaria, Ben Jonson lamentaba "su escaso latín y aun menos griego", pero aún así lo llamaba "dulce cisne del Avon" ( río que baña su ciudad), diciendo de él "no es de un siglo, sino de todos los tiempos". Para muchos críticos su escasa instrucción fue una ventaja, ya que su cultura no se moldeó sobre el patrón común de su tiempo; como autodidacta, tuvo acceso a muchas fuentes literarias, gracias a la amistad que sostuvo con un librero. Los análisis de sus escritos revelan que fue un lector voraz.
Fue enterrado en la iglesia Holy Trinity Church de Stratford-upon-Avon, la misma en la que fue bautizado. Según la Enciclopedia Británica, tal vez ante el temor a que sus restos pudieran ser exhumados para dejar espacio a otros (costumbre de la época), el propio Shakespeare habría compuesto el epitafio para su lápida:
Buen amigo, por Jesús, abstente de cavar el polvo aquí encerrado. Bendito sea el hombre que respete estas piedras, y maldito el que remueva mis huesos.
Según la leyenda las obras inéditas de Shakespeare lo acompañaron a su tumba. No se ha comprobado la verdad de esta leyenda, quizás ante el temor a la maldición del epitafio.
Escuchas el nombre: La Alberca. Primero te llega el sonido, sin significados. Lo pronuncias. El paladar se endulza. A continuación, las imágenes se agolpan. La Alberca. Una promesa de acequias, arroyos, frondosidades de grandes hojas que cubrirán siestas y paseos, piares entre ramas que gotean la miel picada de los frutos, vahos de amanecidas con olor a hierba, atardeceres malvas.
Sierra de Francia. Aun sabiendo que está al sur de Salamanca, lindando con tierras extremeñas, el subconsciente evoca montes altos, abruptos y verdes, fronterizos.
Las Batuecas. Lejanía, paraíso misterioso, profundidad perdida que promete verdades transcendentes desde soledades de silencio.
Los nombres. Las imágenes. Están ahí. Se van. Vuelven. Quedan escondidos, agazapados, dispuestos a saltar con fuerza para ceñirse a la frente, a la mirada, empujando los pies del viajero.
Llegas.
Las imágenes evocadas aparecen frente a ti como si se tratara de un espejo. Pero al momento quedan chicas, diminutas.
Piedra y entramados de madera que ascienden hasta aleros que se juntan, filtro de luces y sombras en fachadas y suelos que te enredan hacia dentro siempre, hacia la plaza de otro tiempo, época de rollos y picotas pero, ahora, inundada de color.
Al fin, La Alberca, cansada o herida de tus pasos, te suelta con suavidad y te empuja hacia los montes, solos, escarpados, azulados y violetas; sí, montes de frontera que se adentran, no en Francia, en Portugal. Subes. El Portillo te ofrece la caída de su vertiente de carretera zigzagueante, caída profunda, casi en picado, hacia el valle perdido y misterioso de Las Batuecas.
Te diriges hacia sus entrañas, sin alcanzarlas, sin descubrirlas; no se dejan, se hunden a cada paso más en la estrechez del valle. Caminas envidiando a los eremitas que habitaron, no el monasterio carmelita, sino las pequeñas ermitas que salpican el monte, al resguardo de cipreses. Añoras un hábito y un jergón desde donde mirar el cielo hondo que imaginas ofrecerán las noches de luna nueva.
Sales. No asciendes por donde bajaste, sigues el valle en dirección opuesta, hacia su entrada natural: Las Hurdes, Cáceres. Las Mestas te cobijan durante un rato. Cotinúas hacia tierra salmantina, llegando a Mogarraz, junto a La Alberca y, como ella, salpicada de castaños centenarios. Cae la noche. Los faroles se encienden sobre la piedra.
¿El metafórico, aquel que quisiéramos amarrar con una soga frente a nosotros, a dos palmos de la nariz, mientras intentamos convertir la telilla de las cataratas en brújulas atinadas? ¿O el geográfico, ese otro que algunos viajeros del sur memorizamos en el GPS?
Para localizar el primero habría que lanzar la brújula al pozo más escondido que encontráramos en esos andurriales desconocidos que hay bajo la epidermis.
Para el segundo, es fácil: carretera y manta.
Pero, a veces, ocurre que ambos llegan a coincidir o, para ser más precisos, es más sencillo encontrar o, al menos, vislumbrar el primero estando en el segundo.
La metáfora se metaboliza de tal manera, que el viajero del sur, sediento, sudoroso, cegado por la calima, asfixiado por los espejismos ocres de las tierras interiores, llega al norte y se le aligera la mochila que lleva en la espalda: El contacto con la hierba, limpia sus suelas de barro; la llovizna de la tarde, sacude su ropa de arena; el intenso azul del mar, le humedece las pestañas; el verdor de las montañas y el espesor fresco de los bosques, dan un soplo de aliento a su alma.
El norte, el nuestro, el de aquí (no el Polo Norte), ese que está entre el Cantábrico y su cordillera, y dentro de ese norte: Asturias.
Norte, presente.
Lugar donde la realidad y la ensoñación se funden.
Norte, pasado y futuro. Norte, útero y meta.
Con fotos del pasado año, un vídeo refrescante. Algunos lugares del oriente asturiano: Unos conocidos; alejados otros de las rutas turísticas convencionales.
Ojos abiertos, sentidos afinados, y una buena dosis de ensoñación que -aun no sabiendo bien de dónde viene- encontraremos en cualquier recodo del camino; todos, ingredientes necesarios en nuestros pasos. Pero falta un elemento esencial sin el cual la senda que recorremos sería monocolor, aburrida, monótona, pobre e insípida: los pasos ajenos: Los sueños y la particular mirada de otros. Sin ellos, poco seríamos. Y he querido para esta primera entrada incluir, precisamente, el vídeo de un viaje que no anduve. Fueron otros quienes viajaron, personas muy queridas que recogieron en fotografías los lugares en donde sus miradas se detuvieron. Más tarde, la mía lo hizo en detalles concretos de esas fotos.
Ese ha sido mi viaje: el montaje de este vídeo con las fotos y sus retazos. De alguna manera, yo también estuve en Granada en abril, con ellos y gracias a ellos.
Y, la música, un cúmulo de pasos ajenos: Lorca bebiendo a borbotones de su Granada y Carlos Cano -granadino igualmente- cantando a Lorca.