martes, 27 de agosto de 2013

Una Ruta de Cuento: Las Acebeas-Navalperal, Sierra de Segura

"Al inicio de la ruta nos adentraremos en un bosque de cuento. Cierta irrealidad se irá apoderando de los sentidos. Entre la tupida arboleda nuestra mirada no podrá evitar pararse a buscar duendecillos, o tal vez a la niña de caperuza roja y a su feroz enemigo. Pasaremos junto a las ruinas de una casa forestal sombreada de arboleda gigante y rodeada de helechos, y agudizaremos el oído, pensando que quizás sea esa la casa del bosque de Hansel y Gretel. Lo cierto, es que nada más iniciar el sendero, en unos cuantos pasos, nos habremos transportado al norte peninsular e incluso al centro y norte de Europa, y puede que terminemos por olvidar que estamos en Andalucía, en la provincia de Jaén."


                    


jueves, 14 de febrero de 2013

viernes, 4 de enero de 2013

Niños en la Arena






Segundos antes los niños no percibían presencia alguna, aun a sabiendas de que la mirada de los padres no andaba lejos, los hermanos creían encontrarse en una isla mágica cuyo arenal les pertenecía y jugaban ensimismados dispuestos a construir el castillo soñado, el que sin duda sería morada de princesas y héroes valerosos. Pero, de pronto, su juego se detiene y ambos dirigen la mirada hacia una figura cercana que parece encamina sus pasos hacia la orilla. El niño, entre contrariado por la interrupción y sorprendido, la observa con atención: ¿quién será la muchacha que avanza con paso firme? Aunque está seguro de no conocerla, su rostro le resulta familiar; tal vez la haya visto en algún lugar y no lo recuerda, piensa. La niña, por el contrario, no está disgustada por el cese de su juego, aunque sí algo sorprendida por aquella figura que se aproxima. La niña ríe abiertamente, es feliz, muy feliz... nada más verla ha reconocido a la muchacha… la alegría de la niña es inmensa, al poder contemplar a la chica que, dentro de unos años, será.





jueves, 13 de diciembre de 2012

Contigo






Escondida tras el árbol, cual camaleón en el entorno, está contigo, como sombra de luna tras los pasos o diurno resplandor adelantándolos, salero de lágrimas, dulzor de  risa, luz cernida sobre la ceguera. No permitas que la niña que fuiste se aleje, no por miedo a que quede perdida en la oscuridad del olvido, no, esa niña conoce las sendas, veredas y caminos, también los atajos, no temas por ella, no corre riesgo alguno… Pero si se marchara, tú quedarías huérfana para siempre de la dulce o punzante nostalgia; tal vez pueda parecerte agradable que tal cosa sucediera porque la añoranza duele y a veces no es buena compañera; aun así, si soltaras a esa niña, si dejas que se vaya, por quien debes temer es por ti… pues tú serías, desde entonces y sin remedio, la perdida, la extraviada.   


viernes, 30 de noviembre de 2012

¡Corred...!






¡No andéis cabizbajos, corred...! Como chiquillos sobre la mullida alfombra: con brazos abiertos, con  risa nerviosa, alzando miradas y rostros hacia las ramas doradas de otoño. 


miércoles, 28 de noviembre de 2012

Dragones Maltrechos





Puedes, en el silencio, escuchar sirenas, que como relojes inflexibles mueven rostros teñidos de carbón y sol; saborear palabras sencillas pronunciadas con medias sonrisas y, otras, rabiosas o desesperadas, enmudecidas por la necesidad urgente o el miedo; palpar sudores espesos y ásperas toses, lubricados con polvo negro y escarchas de amaneceres; oler a ropa descolorida, a lana apolillada, a botas remendadas o alpargatas. Pero verlo no puedes. Lo intentas, pero la niebla del tiempo lo impide. Tu retina sólo es capaz de apresar a maltrechos dragones que inundaron de humaredas el valle, hundidos en la tierra, alzando sus piedras sobre el páramo solitario, próximos a la urbe crecida. No puedes ver… pero sí, entre niebla coloreada de tiempo, intuir, intuir con apabullante certeza.


lunes, 19 de noviembre de 2012

Escepticismo Sereno




Sus miradas se dirigían hacia nosotros, los que habíamos tomado la calle, los que paseábamos la esperanza –con mayor o menor certeza- en la cálida y luminosa mañana del 14 de noviembre.


lunes, 5 de noviembre de 2012

Velocidad





A ciento veinte por hora difuso apareciste.

Roble, bosque; arbórea ignorancia, espejismo.
 
A ciento veinte quedaste atrás, solitario, nítido.







viernes, 26 de octubre de 2012

miércoles, 10 de octubre de 2012

Entre Málaga y Granada, Acantilados de Maro-Cerro Gordo (2)


Vuelves. Está tan cerca, casi al alcance de la mano. No tienes que atravesar páramos desolados para llegar a uno de los lugares escogidos por los dioses. Aunque no es lo mismo, piensas, y preferirías dedicar una o dos jornadas de tedioso viaje para ir a donde crees se encuentra el paraíso terrenal, para arribar a una tierra conocida o no, en la que buscas el lugar –tal vez inexistente- que aúne los sentidos en uno, en donde confluyan materia y alma.  No eres consciente, aunque a veces te preguntas si el objetivo de la vida, de la tuya, ha sido siempre el mismo, tu búsqueda primordial, el encontrar el sitio en donde todo quede en suspenso, en donde el tiempo parado haga innecesaria la respiración, como un útero cálido y sedoso que te envuelva, sin paredes, abierto e infinito. Varias veces lo has rozado, han sido visiones aproximadas, y aunque tu mirada se empeña rebuscando en todos los rincones en donde tu pie se posa, hace tiempo que has renunciado al encuentro, que dudas de su existencia, y lo más triste es que hace mucho que ni siquiera rozas las antesalas de tu quimera. Hace tiempo que te conformas tan sólo con llegar a lugares hermosos. Y, ahora, vuelves a uno de ellos. Está muy cerca, casi al alcance de la mano. No está cubierto de verde, tu verde anhelado, pero es muy bello. Lo descubriste el pasado año y retornas con la intención de intensificar los paseos por sus caminos. Y, sobre todo, eligiendo los momentos para realizarlos. Planificas y cronometras el ocaso de un día de mediados de septiembre, en donde la luz va siendo diferente, luz dorada y cálida que va dejando atrás los resplandores del estío. Tu alegría crece ante una de las mejores puestas de sol que has vivido. Sí, sin duda, ese es el mejor mirador de unos acantilados que te fascinan, piensas.












Y piensas en repetir la experiencia antes de abandonar la zona. El momento apropiado llega, y quieres compartirlo, con alguien muy cercano que te visita y que crees no conoce aquella tierra como tú. Lo propones. Ya he estado allí, dice para tu sorpresa, unos amigos me llevaron para contemplar la puesta de sol. Pues volvamos a ir, contestas. Subís al coche, apresurados para que el sol no se escape, y llegáis de nuevo al lugar que te fascina. No, no, aquí no es, te dice. El lugar al que me refiero está más alto, junto a una torre. Piensas que sabes cual. Una torre que está en tu memoria, un lugar de vistas extraordinarias, al que se accede a pie y que conociste una luminosa mañana del año anterior. Buscas con la mirada, la señalas en el horizonte.












No, no, oyes, tampoco es allí, es una torre más alta, un lugar desde donde pueden verse las dos vertientes de los acantilados, la de Málaga y Granada. Hacia poniente, la recortada costa repleta de calas escondidas de Maro, Nerja, y sus montañas; hacia levante la hondura de la Herradura y Almuñecar. Y de pronto, te ves siendo esta vez tú quien se deja llevar, quien espera que le muestren un nuevo lugar en donde poder contemplar la caída de la tarde. No dices nada, a pesar de la descripción que acabas de escuchar, piensas que no será más hermoso que tu atalaya; tal vez por ello en el camino no preguntas demasiado y te distraes comentando datos sobre las impresiones que te causa la zona y sobre los lugares visitados.

Abandonáis la antigua carretera nacional y subís por otra en mal estado y zigzagueante. Tu atención, poco a poco, se va concentrando en el ascenso. Es precioso lo que ves. Llegáis al fin del camino. Bajas del coche; te sorprende el panorama. Es increíble. Ha sido todo un azar estar allí, podrías haber vuelto mil veces a esta tierra y podrías haberte marchado todas sin conocer ese camino concreto que pasó desapercibido en los mapas que sueles mirar. Pero si hace dos días estuvimos ahí mismo, en todo lo hondo, exclamas, en una cala preciosa; lo dices como si fuera inadmisible tu presencia en un lugar tan cercano a aquel, como si fuera inadmisible tu ignorancia. Comienzas a hacer fotos, aun a sabiendas de que no podrán plasmar la belleza del lugar. De nuevo, te instan a seguir, a no pararte, el sol se va. Ascendéis casi corriendo, sin aliento, un camino a pie, un caminito cuajado de piedras, entre pinares que huelen a gloria. Y, por fin, la torre. Otra vez cámara en mano, y de nuevo la insistencia en proseguir un poco más.






Traspasáis  la torre y continuáis, rápidos, hasta el vértice del acantilado, el que divide las vertientes, tierra aérea entre Málaga y Granada.

¡Oh!, una pena…, escuchas a unos pasos de ti.

Han sido demasiados los altos en el camino, demasiadas fotos, demasiado tarde... no habéis llegado a tiempo, el sol se ha ido. Pero… qué más da...

En ese momento te da igual ya que el sol pueda o no verse. Parece como si los sentidos se fundieran, como si materia y alma confluyeran, como si tus pulmones no necesitaran aire en un tiempo suspendido, como si un infinito y transparente útero te envolviera. Y aunque sabes, o crees saber, que no es el lugar de esa tu búsqueda, e intuyes que es solo una visión aproximada como otras que tuviste hace tiempo y que temías no volverías a tener…  hay una gran diferencia... en los otros lugares la emoción se desbordó tranquila pero, ahora, ni siquiera un esbozo de lágrima es capaz de brotar en la quietud extrema, en el silencio inmenso, silencio extraño que no conocías y ahora escuchas, pleno silencio de un lugar en el que te quedarías siempre, así, sin movimiento, mirando y sintiendo, no sabes bien qué.







 









Más Información: